Venís a mí, hijos míos,
cuando la luna tiembla en los balcones
y las calles se rinden al incienso.
Venís con pasos lentos,
con la fe prendida en la cera,
con el alma desnuda en la sombra
de mi cuerpo vencido.
Y yo os miro,
desde este lecho de piedra y lirios,
y en vuestro llanto reconozco
el amor que me espera cada año
como el río espera su cauce,
como la noche aguarda al alba.
Mas, decidme, hijos,
¿dónde estáis cuando el sábado despierta?
¿Quién se acerca a mi lecho invisible
cuando no hay trompetas,
cuando el viento no alza mi nombre?
Os espero en la brisa callada,
en el pan del hambriento,
en la sed del que mendiga
una mirada de luz.
No soy solo la sombra y la sangre,
ni la espina, ni el leño vencido.
Soy la voz que no duerme,
la llama que no se apaga,
la caricia que aguarda en la herida.
Si me amáis,
no me busquéis solo en la noche,
porque en la luz también habito,
en el fuego de cada día,
en el amor que no se mide
ni se espera.