Salid, hijos míos, salid.
Venid a mi lecho de sombra,
sed luz en mi noche de piedra,
bálsamo en mi costado abierto.
Os miro desde el madero
y en vuestros ojos cansados
veo el fulgor de un amor antiguo,
una fe que camina descalza,
que tiembla en la cera encendida
y en las manos que sostienen mi peso
como si abrazaran la esperanza.
Os amo en este instante,
cuando la luna vela y llora,
cuando vuestras almas se alzan
como incienso en la tiniebla.
Pero mi amor no es solo de viernes,
ni mi voz calla al alba.
Os espero en las calles de siempre,
en el pan compartido,
en la voz que consuela,
en el lecho del que sufre
cuando nadie más mira.
No quiero reproches,
mi amor no conoce la herida.
Solo os digo,
cuando la cera se apague
y la música cese,
cuando el viento se lleve los rezos
y el sábado os despierte,
no olvidéis
que sigo aquí,
esperando.