No hubo paso que quebrara la arena,
ni huella que pidiera quedarse.
Solo el roce de lo que no pesa,
de lo que existe sin exigir su nombre.
Te agradezco la quietud sin márgenes,
la forma exacta de no deshacer el aire,
ese arte tuyo de no abrir ni cerrar,
de dejar que el tiempo respire solo.
Porque hay encuentros que viven en la brisa,
en la pausa entre dos notas lejanas,
en la sombra intacta que la luz no borra.
Y allí quedamos,
como un eco que no se apaga,
como una historia que nadie contó
pero todos entienden.