No entró en mi vida, se filtró.
Como un aroma que no se huele,
como un susurro que nunca se dijo
pero que siempre estuvo ahí.
No miró, descifró.
Las sombras que creía mías
eran solo velos mal puestos,
trozos de noche mal cosidos.
No habló, despertó.
Y en el roce de su voz sin prisa
se derrumbaron mis torres de arena,
se hundieron mis certezas de papel.
Ahora sé que la gravedad
no está donde la escribieron.
Que hay ojos que no miran,
habitan.
Que hay presencias
que no pasan,
quedan.
Y que cuando una mujer así
se cruza con tu aliento,
ya no hay regreso,
solo el eco de su luz
haciéndose sitio en tu piel.