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Elideth Abreu

Lo que callaron las madres

 
 
Mi madre tenía un río en la espalda.
Un río de voces antiguas
y de promesas que nunca llegaron.
Mi madre tenía la lengua mordida,
cien veces, mil veces,
porque hablar era abrirse el pecho
y dejar que el mundo hiciera de su voz un naufragio.
 
Las mujeres de mi casa
no aprendieron a decir “yo”.
Se llamaban hija, esposa, hermana,
se llamaban costilla, sombra,
se llamaban “lo que haga falta”.
Y yo, que heredé sus nombres
pero no sus silencios,
les escribo el grito
que nunca pudieron pronunciar.
 
Porque hay genealogías de labios cosidos
y linajes enteros que se tragaron la rabia.
Porque nadie nos enseñó
que el amor sin voz es ceniza
y que la ceniza no florece.
 
Hoy miro sus manos y en ellas
veo la historia que el viento no arrastró,
las cicatrices que el agua no borró.
Hoy miro sus manos y sé
que la herencia más grande
es aprender a sostener la palabra
sin miedo a que duela.

Este poema evoca la memoria de las mujeres silenciadas, la carga de lo no dicho y la reivindicación de la voz propia.

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