No son flores: son llamas detenidas
en los muros calientes del verano,
hojas-papel que escriben con la mano
de la luz las palabras escondidas.
Escalan las paredes más dormidas
y despiertan el polvo en su desgano,
se enredan con la sombra, soberano
color que no obedece despedidas.
Son ramas que resisten sin ternura,
y aun así dan belleza sin medida,
como quien ha sangrado en la altura.
Bugambilias de infancia y despedida,
de patios que conservan su frescura
y el rumor de una tarde detenida.