Ciento cincuenta inviernos y amapolas
han cruzado tu nombre en la meseta,
y aún tu voz, tan serena y tan secreta,
va sembrando luciérnagas en las olas.
Fuiste el alma del tiempo que se inmola
entre ruinas de patria y de poeta,
el que anduvo sin prisa, sin receta,
con un cantar que al viento desensola.
Tu paso fue palabra, y la ternura
de un silencio que escucha la llanura
cuando muge el dolor de los de abajo.
España te recuerda—todavía—
como un surco de luz y de elegía,
como un hombre cabal, Antonio Machado.