Con las manos cruzadas
en tus orillas
miro cómo se alejan
las navecillas.
Mientras que solas
a mis pies suspirando
mueren las olas.
¡Quién bajo vuestras velas
el mar surcando,
fuera ¡oh naves ligeras!
pensé llorando.
Mas gime el viento
y a lo lejos se escucha
como un lamento.
Me enjugo las mejillas,
vuelvo el semblante,
miro turbada en torno,
y oigo distante,
que con voz queda
los árboles me dicen
de la alameda:
¿Conque surcar anhelas
ondas en plata
sin pensar que nos dejas
joven ingrata?
¿Tu alma ligera
no siente despedirse
de esta ribera?
Llenáronse mis ojos 5
de nuevo llanto,
volví al mar las espaldas
y dije en tanto:
¡Oh patria mía!
ya no quiero alejarme
de tu bahía.