—Son los cangrejitos peleones—
grita mi primo, con uno sobre su cabeza
me arrimo, y observo con tristeza
a aquellos cangrejos sentirse peones
al luchar por el alivio de su pereza.
—¡Pelead cangrejitos! ¡Pelead!—
grita mi primo, mientras tiemblan
ante la acuosa amenaza
que surge al cocinar
y esperar que el agua hierva.
Y yo me quedo perplejo
y me alejo
sintiendo las penas de un pobre cangrejo.