Parábola
En un pueblo donde los inviernos eran crueles y la nieve cubría la tierra por meses, cada familia guardaba celosamente su fuego. Sabían que, sin él, el frío los consumiría. Así que cada hogar protegía sus brasas, sin compartirlas con nadie, por temor a quedarse sin calor.
Un día, un anciano viajero llegó al pueblo. Iba cubierto de harapos y temblaba de frío. Tocó puerta tras puerta, pidiendo una brasa para encender su propio fuego, pero todos le negaron ayuda. “Si te doy de mi fuego, podría quedarme sin nada”, decían.
Desesperado, el anciano se sentó en la plaza y, con sus últimas fuerzas, frotó dos piedras. Tras mucho esfuerzo, logró encender una pequeña llama. Un niño que pasaba lo vio y, conmovido, llevó una ramita de su hogar para avivar el fuego del anciano.
Al ver esto, otros niños hicieron lo mismo. Luego, algunos adultos se acercaron con más leña. Pronto, en el centro del pueblo, ardía una gran hoguera que daba calor a todos.
El anciano sonrió y dijo: “El fuego, como el amor, no se extingue cuando se comparte. Al contrario, crece y da vida a muchos.”
Desde aquel día, el pueblo nunca volvió a temer al invierno, porque entendieron que el amor al prójimo es la llama que nunca se apaga.
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