Los versos salen de mi boca sin permiso,
las palabras se amontonan en mi garganta,
y tus fieros gritos que lastiman.
La sangre sale de la herida,
mi mano es roja y tus palabras un puñal,
mi débil voz susurra un inexistente: “basta, por favor para”,
y sin darte cuenta ya estoy muerta.
Mis ojos miran al vacío y te das cuenta,
me sacudes, pero ya no hay vida,
solo un cascarón roto, y comienzas a temer.
“Que ligereza”, me digo a mí misma
y tus ojos salen de sus órbitas.
Descubriste que, te ibas a quedar sola...
...para toda la eternidad.