Se que tu manía y delirio
nace en esa ausencia de amor.
En ese código de dolor
que la vida te ha impuesto como un martirio.
Que tus lágrimas corran
por tus desgastadas mejillas
surcando los tiempos que borran
sonrisas y alegrías a hurtadillas
Nada de eso me es extraño
aunque tu cincelada belleza
muestra las heridas y el daño
de los golpes que han llegado con sutileza.
Sueñas que el mundo es bueno,
te aferras humildemente a lo arcano.
Aunque tu copa este llena de veneno
vivirías lo mismo que Jesús el artesano.
En lo profundo de tu mirada
y en el desliz del enigma de tu sonrisa
existe un océano de espadas
que cobijan a la tristeza huidiza.
Nadie sabe dónde iras un día
tus pasos suaves y ligeros
marcan una triada cerca de la ría
como la de los vagamundos viajeros.
Si alguna vez vuelves a mi herida
estaré en el mismo rincón del mundo
que era de los dos la habitación preferida.
Allí donde nuestra meditación iba a lo profundo.
Donde los besos cabían en nuestros labios
y las manos cercaban al deseo para que no escape
y podamos conjurar la estela de oprobios
que el vulgo tejía inventando un destape.
Nada ha acontecido desde entonces.
El lúgubre paso de los cadáveres del tiempo
han sembrado los cementerios con barrote de bronces
y rememoran aquellos viejos pasatiempos.
Hoy te encuentro con esa misma belleza lumínica
que enamoraron a las estrellas del firmamento.
Yo te sabía desde esos tiempos, única.
Esquiva como la espiga de trigo sin filamento.