Camina sobre piedra y frío,
enjuto como un ciprés sin pájaros,
con la mirada de quien carga en los hombros
la ruina de un país sin nombre.
Su voz es un trueno que nadie escucha,
un surco en la frente de Dios,
y en la mesa donde escribe
las palabras tiemblan,
como si temieran su peso,
como si supieran
que han nacido para arder.
Lo quisieron mudo,
lo quisieron dócil,
lo quisieron lejos del alma de la piedra,
pero.....
con su gesto de estatua herida,
siguió sembrando fuego
en la boca de sus alumnos,
dejando en cada cátedra un relámpago
para que nadie olvidase
el fulgor de la verdad.
Pero Salamanca es fría,
y España aún más.
Las campanas doblan sin fe,
la plaza calla,
los rostros bajan la mirada
como quien huye de un espejo.
Solo el aire,
indómito y viejo,
repite su nombre
sobre el Tormes.