Mirando los lirios del campo,
tan puros, tan blancos, tan suaves,
parecen sus pétalos finos
susurros de luz en el aire.
No tejen, no hilan, no labran,
y visten de gala radiante,
bordados de sol y rocío
con hilos de un oro inmutable.
No sienten temor del invierno
ni miedo a la seca del aire,
su vida es un canto de entrega,
su fe, un latido constante.
Mirándolos, pienso en la dicha
de aquel que confía y no teme,
que deja que el viento lo guíe
y al alba su espíritu ofrende.
Oh, lirios, lección de esperanza,
refugio de almas errantes,
quisiera vestir vuestra calma
y hallarme en la paz de sus talles.