No decide un color, los lleva todos
como quien no se escoge y se despliega,
sus pétalos se alternan en sus modos
y el sol, sin preguntarle, la doblega.
Crece a ras del camino, sin abrigo,
pero en su corazón hay resistencia,
no busca el centro: basta con el trigo
que la saluda leve en su existencia.
Pequeña llamarada que no teme
ser muchas, ser distinta en cada rama,
su fuego no consume ni blasfema.
Lantana, flor sin pena y sin programa,
que enseña que cambiar también es firme,
y que el color más fiel... es el que llama.