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Elideth Abreu

Espíritu de Dios!

 
I.
Cuando mi alma se siente sola,
Sumida en la oscuridad del duelo,
Tú llegas como una brisa suave
Que disipa mi angustia y mi anhelo.
Eres el bálsamo que me consuela,
Enjugando las lágrimas de mi faz,
En tu regazo, mi ser se revela
Hallando descanso, consuelo y paz.
 
II.
Con tu manto de paz me cobijas,
Envolviéndome en tu gracia divina,
Y en tu regazo, mi ser se refugia,
Hallando la fuerza que me ilumina.
Eres el fuego que aviva mi fe,
Inyectando valor a mi existir,
La luz que guía mis pasos, lo sé,
Y me da la fuerza para seguir.
 
III.
Cuando el dolor me abruma el corazón,
Tú llegas como bálsamo de vida,
Disipando la sombra y la aflicción
Que mi alma angustiada tenía.
Eres el consuelo que me levanta,
La fuerza que me permite avanzar,
La gracia que mi espíritu encanta
Y me enseña a confiar y a amar.
 
IV.
Eres el fuego que aviva mi fe,
Inyectando valor a mi existir,
La luz que guía mis pasos, lo sé,
Y me da la fuerza para seguir.
Cuando todo parece oscurecer,
Tú eres la brisa que disipa el mal,
El bálsamo que cura mi padecer
Y me lleva a la gloria celestial.

En esta décima, resalto al Espíritu Santo como el gran Consolador que llega a nuestras vidas en los momentos de dolor y sufrimiento. Con su voz suave y apacible, susurra palabras de paz que sanan nuestras almas heridas.

Es el bálsamo divino que mitiga nuestros sufrimientos, devolviendo la vida y la esperanza a nuestro corazón. Gracias a su gracia y consuelo, aprendemos a confiar plenamente en Dios, sabiendo que Él está a nuestro lado, guiándonos y acompañándonos en todo momento.

El Espíritu Santo es esa luz que ilumina nuestro camino, brindándonos la fortaleza y el aliento necesarios para seguir adelante, incluso en las pruebas más duras. Es el gran Consolador que nos sostiene y nos levanta cuando sentimos que ya no podemos más.

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