Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.
Alfredo Jiménez G.
8aLa Biblioteca Nacional de Argentina fue muy importante en la vida del Poeta Jorge Luis Borges, por varios hechos que habremos de comentar. Se encuentra ubicada en la calle México y eso hace muy feliz a quien esto apunta porque es el nombre de su Patria; también aquí tenemos una calle bella y céntrica llamada República de Argentina y ahí se ubica la otrora gloriosa Secretaría de Educación Pública. En 1955 Jorge Luis Borges fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional, lamentablemente el Poeta acababa de perder la vista. Pero valeroso como siempre fue, hace con esta ironía de la vida gran Literatura. El presente "Poema de los dones" es un claro y memorable ejemplo de ello. Con maestría y talento inigualable juega con esa paradoja de caminar por las galerías repletas de libros que en vano prodigan luz para sus ojos ciegos. Evoca y menciona a Paul Groussac, "el más ilustre de sus antecesores" en ese cargo (según sus propias palabras), también privado de la vista. ¿Es Groussac o es Borges aquel al que miramos caminar por los corredores, con paso firme y guiándose con el báculo como un sabio que habita la eternidad? La ceguera no impidió a Borges (ni a Groussac) disfrutar de esos ochocientos mil volúmenes. Siempre contaron con asistentes cultos y de muy buena dicción que les leían en voz alta. Muchos de los manuscritos de los poemas de Borges fueron escritos en hojas membretadas de la Biblioteca Nacional. (Quien esto apunta atesora varias fotografías de los mismos). En 1960, Jorge Luis Borges encuentra un pasadizo en uno de los corredores de esa institución, y lo conduce a otra Biblioteca, lejana de ahí en espacio y tiempo, hasta la calle Rodríguez Peña, donde tiene la oportunidad de charlar en persona con Leopoldo Lugones, quien se mató a principios de 1938 (sic.). No desaprovechó el privilegio que le dio aquello "que no se nombra con la palabra azar" y le obsequió un ejemplar de su libro "El Hacedor". Lugones "leyó con aprobación algunos de los versos" y pudieron charlar en esa tarde mágica. Ya jubilado, en 1977, Borges obtiene por medio de un vendedor de Biblias un extraño libro que por medio de un inquietante artificio tiene un número infinito de páginas; la numeración de los infolios es totalmente arbitraria, sin orden alguno. Abrió las hojas y encontró la ilustración de un ancla, al cerrar el libro la perdió para siempre; le era imposible volver a encontrar las anotaciones y referencias que alguna vez hallara. Estuvo feliz con la posesión de tal prodigio hasta que lo invadió la inquietud y el remordimiento de tan insólita anomalía. Pensó en prenderle fuego, pero, sensato como era, llegó a la conclusión de que "un libro infinito generaría un fuego infinito". Decidió esconderlo en el mejor lugar para ocultar un libro: Una biblioteca... Eligió precísamente la Biblioteca Nacional. Pocos conocemos el estante y la colocación exacta de aquel "libro de arena", como él mismo lo llamó. Todo lo aquí referido es verdad, hay pruebas y referencias que lo sustentan. Si alguien lo duda, puede encontrar más detalles en las inmensas galerías del blog Poéticous, que también es una vasta Biblioteca... Y como todos estos inmuebles, está lleno de magia verdadera... e inquietantes pasadizos...