Aprendemos juntos a respirar.
Y los latidos de nuestros corazones
que amenazan con parar,
no aguantan las emociones,
buscan la liviandad.
Quieren ser ligeros,
galanes y serenos,
pero no se pueden refrenar.
Caballos de rojo
trotando bajo su cielo carmesí.
Que contigo no hay freno,
no pueden detener su frenesí.
¡Hay tanto que cabalgar!
Entre piel y piel,
galopan presurosos
esos latidos ansiosos,
retumbando en silencio,
buscando el horizonte
de nuestra amorosa pradera.
Y tus alas se detienen,
y tu caes, girando leve,
y entre mis brazos te meces,
y te abarco, rozándote apenas,
cuerpo de hada mariposa.
Ni un suspiro sale de ti,
solo tus ojos se atreven
a hablar con su silencio.
Porque ya el tiempo no está,
se ha ido y tu ocupas su lugar.
Amada mía
siente mi ser en ti,
que ya no soy sino tú.
Que la dicha de tu gozo en mi gozo
nos une y vuelve uno.
Y tú, eternidad,
no permitas al tiempo volver,
no permitas que con su maquina,
ansiosa,
vuelva todo a comenzar
y nos aleje de esta felicidad.