Parábola
En un reino olvidado por el tiempo, vivía un anciano forjador. Su taller era humilde, pero su fama trascendía fronteras. Reyes y caballeros acudían a él en busca de armas perfectas, pero el viejo solo forjaba espadas para quienes demostraban ser dignos.
Un día, llegó un joven guerrero, impetuoso y ansioso por obtener el arma más fuerte. “Maestro, forjadme la espada más poderosa, una que jamás pueda romperse”, exigió con arrogancia.
El anciano lo miró en silencio y colocó un trozo de hierro al rojo vivo sobre el yunque. Con golpes precisos, comenzó a darle forma, pero tras cada golpe, sumergía la hoja en agua helada, debilitándola sin que el joven lo notara.
Cuando la espada estuvo terminada, el guerrero la alzó con orgullo, pero al primer golpe contra la piedra, la hoja se partió en dos. “¡Me habéis engañado!”, gritó el joven.
El anciano sonrió y le respondió: “No forjé una espada, forjé tu paciencia. Un metal endurecido sin equilibrio se quiebra al primer obstáculo. Así es también el hombre que busca la fuerza sin sabiduría. Vuelve cuando comprendas que la verdadera fortaleza se forja con paciencia y sacrificio”.
El joven, avergonzado, dejó su orgullo atrás y se convirtió en discípulo del anciano. Aprendió que la mejor espada no es la más dura, sino la que sabe doblarse sin romperse.
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