La noche yacía en su manto sombrío,
los vientos gemían su amarga canción,
y en mi lecho, exhausto, con tedio y hastío,
buscaba el refugio de un sueño sin sol.
Más pronto, del éter, surgió un murmullo,
susurros de sombras que al alma estremecen;
un frío espectral, cuál hálito turbio,
nubló la vigilia con miedos que crecen.
Abrí los ojos, y en la penumbra
vi su silueta de mármol y escarcha,
sus ojos vacíos, su mano que zumba,
llamando mi nombre en lenta desgracia.
“¡Oh, deja que duerma!”, rogué con desvelo,
“tu llanto es un eco de antaño y dolor,
más mi carne es tibia, y aún soy de este suelo,
no traigas conmigo tu sombra y horror”.
Pero él persistía, flotando en la bruma,
su rostro en la niebla, su voz como hielo,
y cada latido en mi pecho retumba
al ver su lamento rasgando el anhelo.
Así transcurrieron las horas malditas,
la luna marchita velaba el horror,
y el alba, piadosa, con luces benditas,
purgó de mi alcoba su espectro y terror.
Más temo en la noche cerrar mis pupilas,
pues sé que en la sombra él vuelve a esperar,
y cuando Morfeo mis sienes vigila,
su helada presencia vendrá a susurrar.