El mundo se disuelve en fragmentos,
como cristales rotos en el vacío,
y yo,
perdido en el borde de mi mente,
encuentro la calma
en el desorden que todo lo devora.
El amor es un eco
que nunca llega,
una sombra que se arrastra
y se deshace al primer roce con la luz.
No existe.
Solo queda su vacío,
como un agujero negro
que consume la razón,
y me deja flotando,
sin peso,
sin forma,
en la nada que todo lo abraza.
La locura es mi refugio,
la única verdad que me respira.
Aquí,
donde las sombras no piden explicaciones,
y los susurros se convierten en casas vacías,
soy libre.
Soy lo que no fui,
lo que nunca seré,
pero que siempre estuvo aquí,
en el retazo de un pensamiento olvidado.
El resto es silencio.