Arde mi piel con sólo imaginarte,
y tiemblan los secretos de mi aliento,
la noche se dilata en su lamento
cuando no estás, y aún logro nombrarte.
El fuego me reclama por besarte,
mi voz es una ráfaga de intento,
mi sombra busca el borde de tu viento
y cae en el abismo de esperarte.
Amo tu sed que quema y me rescata,
la música invisible de tu herida,
la espina que en mi carne se desata.
Mi boca, por tu piel, fue concebida;
y en cada renacer, tu forma late,
como un temblor de luz que me convida.