CALLEJEANDO POR EL LABERINTO
“Los poetas, como los ciegos,
pueden ver en la oscuridad.”
J.L. Borges
La intermitencia de lo cotidiano
disuelve el minutero en el magma del tiempo.
Los segundos se quejan con su desapacible
rumor de pulsaciones.
Cada instante se instala en la desmesura
de una mente obsedida.
Cada instante se instala en la memoria
empeñada en pasar y repasar
por el corazón como un recuerdo.
La intermitencia de lo cotidiano
permite que el reloj se diluya en el tiempo.
Que el segundero gima con su desapacible
rumor de anunciaciones,
hasta que los sucesos
dejen de estimular las emociones
y pasen ignorados e ignorantes
frente a la indiferencia callejera.
Danzantes que se mecen delirantes
al ritmo de unas músicas distónicas
ocultos tras el telón de fondo de la ira
con su rictus de angustia y frustraciones.
Laberínticas calles como sueños
van conduciendo el tedio de las tardes,
son ellas las que esperan forasteros
para extender sus trampas y atraparlos.
Son esos laberintos, calles de resonancias,
que duplican los pasos confundidos
con sus voces cruzadas por la pena
pasando y repasando la tragedia.
Es larga la jornada del tedioso
destello de los dígitos que marcan
la agonía de otra tarde lluviosa.
Taciturnas las rutas se oscurecen.
El regreso toma sus decisiones.
Regreso desde el siempre,
y es por rutas diversas mi destino.