Abelardo Vicioso

Soledad: día cero

Este poema empieza donde acaba el invierno
y se muere sobre un lento rocío
como un niño apenas tocado por el tiempo.
Este poema tiene la distancia de un día
sobre mi soledad.
 
Inicia la luz su vuelo hacia el oeste
y mi frente encamina su paso hacia el olvido.
 
Entre todas las cosas ninguna me levanta
de esta muerte sencilla de vivir sin deseos.
 
Del lado del amor para todas las cosas está dormida el alma.
 
Entro al amor desnudo, reciennacido, solo,
ignorante del mundo que me entregó la espada sollozante,
olvidado del beso donde inició su nombre el corazón ya para siempre.
 
Entro al amor, liviano, sin recuerdos,
entro sin esperanzas ni deseos,
entra mi alma completa, sin las mutilaciones
de los días pasados y los que han de venir,
agua de sufrimiento.
 
Palpo la luz en el inquieto espejo del océano
donde se multiplica la mañana,
y mi nombre suena gentil en los labios recién apetecidos
de la muchacha que nació para un día:
para este día solo sobre mi soledad.
 
Ella ocupa el vacío que dejó la tristeza.
 
Por su piel entreabierta pasa mi amor cantando.
Bajo el incandescente palio de un mediodía entero,
separados del tiempo por un beso muy largo,
velas a la ternura, navegamos en seco.
Luego pasan las sombras hacia el Este temblando.
Entro a la noche y traigo los ojos húmedos de luz,
emergentes de un día profundo como una eternidad
sobre la primavera de un país admirado.
 
Lejos se va quedando el mar en tanto la ciudad
entreabre, una a una, sus encendidas puertas.
 
El día terminará con la cabeza recostada en los muslos
de la muchacha sorprendida.
 
Este día terminará con una palabra sucia: SOLEDAD.
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