Abelardo Vicioso

Argumento de la sangre

I
Hoy he salido a visitar mi casa
(calles solas, sin voces, calles, calles).
Una paloma me mira como a un extraño
mientras me da su pico y un lirio atravesado.
 
Yo podría escribir trastornando la lluvia,
manteniendo una rosa de rodillas al canto:
“Las estrellas se empeñan en hacerme sonreir
con las mejillas. Y me pregunto:
¿hay grillos y violetas y rubores habitando la noche?
La noche me fabrica un puente todas las noches
y al trote de mi corazón deshojo la distancia”.
 
Podría escribir, de nuevo...
(La paloma me mira como a un extraño).
 
 
II
 
Cuando salí a visitar mi casa
(calles solas, sin voces, calles, calles),
llevaba en los bolsillos una lámpara.
 
La muerte me hizo señas con la lluvia
y me tronchó los labios con su espada;
la paloma lloró con mi silencio
y se apagó cuando encendí mi lámpara.
 
III
 
No estoy solo:
el mundo tiene muchas cosas que son mías,
mucho dolor que es mío mucha sal en las venas.
 
El mundo tiene sed y tiene una muchacha.
 
IV
 
Cuando voy por la calle
me golpea el rostro con su pañuelo mentiroso
y un pelotón de hormigas va sitiando mi cuerpo.
Porque la brisa no es opaca
ni es opaca la lágrima que me sirve de ojo
y el dolor tiene cuerpo como una esquina cualquiera
y dos o tres niños, al llegar el invierno,
se acurrucan ansiosos en los muslos del viento.
 
V
 
No puedo devolver la lluvia a su casa esponjosa,
pero, ay, nos es imprescindible
amonestar al hombre, sacudir esa cara
dolida de cosmético que tiene su palabra,
argumentar el sueño angustioso de la sangre,
para que la mañana amanezca en los ojos
y las violetas sepan que la lluvia es un hombre
y yo salga tranquilo a visitar mi casa
(calles solas, sin voces, calles, calles)
y aquella paloma me deje de mirar como a un extraño.
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