Entre tantas risas y copas alzadas,
bebo en la esquina, con manos cansadas.
El vino me habla, la brisa es testigo,
de un mundo que gira sin rumbo y sin ritmo.
Mujeres de ensueño desfilan su arte,
vendiendo sus besos en calles de jade.
Sus ojos relucen, sus labios prometen,
más llevan por dentro tormentas que duelen.
El oro las compra, las vuelve ceniza,
y el día desnuda sus falsas sonrisas.
Yo brindo en su honor, perdido en la espuma,
mientras el mundo finge que es solo fortuna.
Entre sombras doradas de luces y espejos,
camino entre almas de risas y excesos.
Las copas resuenan, los labios se juntan,
y el humo del vicio los cuerpos sepulta.
Las sombras me envuelven, su risa me llama,
sus labios pronuncian palabras sin alma.
Y siento, en el fondo, que en este festín,
el único extraño, sin duda, es mi fin.
Y así sigo aquí, bebiendo y callando,
mirando sus cuerpos, la vida pasando.
Son diosas de barro, de fuego y de pena,
y yo, un navegante sin puerto ni estrella.