Un joven llegó ante el sabio del pueblo con el ceño fruncido y una taza de té rota en las manos.
—¡Maestro! Esta era mi taza favorita. Se ha roto y ya no sirve para nada.
El sabio tomó la taza rota, la observó y sonrió. Luego, con calma, la llenó de tierra y sembró en ella una semilla.
—Ahora será la cuna de una nueva vida—dijo—. Un hombre necio llora por lo que ha perdido; un hombre sabio encuentra un nuevo propósito en lo que aún queda.
El joven miró la taza con una pequeña planta brotando en su interior y comprendió que no todo lo roto está perdido.