Llegaron un día con la esperanza en los ojos,
con el peso del hambre y el sueño en los hombros.
Dejaron su tierra, su madre, su casa,
cruzaron desiertos, noches sin calma.
Soñaban con días de sol y trabajo,
con manos que hacen, con suelos sin fango.
Querían futuro, querían abrigo,
más fueron tratados como enemigos.
Y ahora regresan, con grilletes de sombra,
con pasos cansados, con la piel rota.
Los devuelve el norte con frío de acero,
con muros que gritan que son extranjeros.
Pero no son cifras, no son fantasmas,
son hijos del viento, son almas cansadas.
No son delito, no son condena,
son solo el eco de una promesa.
Que no muera el sueño en sus ojos vencidos,
que encuentren en casa lo que allá han perdido.
Que el suelo que pisan no los traicione,
que el sol de su tierra les dé bendiciones.