Por el camino de la mar
vino el pirata,
mensajero del Espíritu Malo,
con su cara de un solo mirar
y con su monótona pata
de palo.
Por el camino de la mar.
Hay que aprender a recordar
lo que las nubes no pueden olvidar.
Por el camino de la mar,
con el jazmín y con el toro,
y con la harina y con el hierro,
el negro para fabricar
el oro;
para llorar en su destierro
por el camino de la mar.
¿Cómo vais a olvidar
lo que las nubes aún pueden recordar?
Por el camino de la mar,
el pergamino de la ley,
la vara para malmedir,
y el látigo de castigar,
y la sífilis del virrey,
y la muerte, para dormir
sin despertar,
por el camino de la mar.
¡Duro recuerdo recordar
lo que las nubes no pueden olvidar
por el camino de la mar!
Alfredo Jiménez G.
8aLas nubes que son los ojos aéreos de la mar, miraron primero a unos cuantos navíos intrépidos y desorientados que llegaron a unas islas exóticas, antesala de todo un continente nuevo. Después esas mismas nubes, materia marina atisbaron en el horizonte miríadas de esas naves más seguras y con actitud arrasadora. La frontera natural que había dejado aisladas a muchas civilizaciones floreciendo sin hacerse daño, había sido cruzada. La Ley del más fuerte comenzaba a implantarse. El continente sin nombre comenzó a ser invadido con los vicios europeos. Trajeron encadenado al esclavo nostálgico de sus tierras y familia. Trajeron animales jamás vistos aquí, para el enojo de los "ambientalistas". Trajeron su regalo de viruela y sífilis certificada con el sello real. Trajeron su cargamento de nuevos fanatismos y supersticiones, que hicieron sincretismo con las originarias. Llegó también el pirata, a tomar sin permiso su parte del botín para llevarlo a una corona distinta y ser condecorado y llamado "Corsario". La mar vio todo con sus ojos de nube; de vez en cuando atestiguó la zozobra de algún barco desafortunado, recibió primero a los soldados que se hundían más rápido por su metálico atavío, luego a los aventureros sin fortuna. Y aún oculta para los hombres sus montones de tesoros en el cieno fangoso, su pequeño tributo por permitir pasar a la barbarie. El daño se consumó, eso, ya no tiene remedio; bien hizo nuestro Poeta Nicolás Guillén en recordarnos lo que las nubes jamás olvidarán.