Alberto entra en el salón de nubes burbuja. Sus pasos siguen el ritmo de la última tormenta de su verano. Las huellas son marcas de gominolas tornasoladas imperfectas sobre la arena del parqué. En la sala de mirra, entre todas las siluetas geométricas, descubre a una mujer. Sin saber su nombre la reconoce, la ha visto en cada una de sus vidas. Ella tiene cabellos espirales y sus muslos siguen la cadencia de las copas de cipreses. Tiene labios que crecen bajo el ritmo de la música tecno.
Alberto desea besarla. Esas ganas crecen como una ciudad sin río, hasta implosionar, dejando las miradas perdidas entre los sépalos de las azucenas que visten las paredes de las criptas. Y se aleja de ella, pincha sus pulpejos con alfileres y cuenta los puntos azules que laten en el polvo de oro, ese que llegó desde las supernovas más lejanas. Sus sonrisas internas se pierden como la paz de los baños de navidad. Es el tiempo de escribir mentiras sobre las rodillas rotas de las tardes de los miércoles. Es tiempo de respetar la perfección de los huracanes diminutos que devoran la historia de su vida.
Va a terminar la noche, Alberto se queda inmóvil ante el acantilado que se celebra. La mujer de espirales y cipreses se le acerca. Llega hasta su entrecejo con la gracia de la llama de una vela roja y le susurra sobre los labios: “Estoy cansada de esperarte”. Se dan las manos y crean una redecilla de pescar sueños con sus dedos entrelazados. A la ciudad le nace un río.