Vadeando los ríos de cristalinas aguas,
me acerco a aquel remanso cubierto por el musgo
que evoca tu mirada mientras yo dormitaba
en la tarde de agosto en la esquina del mundo.
Solo escuchar tu risa encendía en mí el deseo
de estar siempre a tu lado, con la luz de tus ojos
como faro perenne donde atracar mis versos.
Pasado tanto tiempo, aún dibujo tu rostro.
Luz de los veinte años, caricias intangibles,
roce, rubor de besos que en la noche se esconden.
¡Ay, si volver pudiera ver tu rostro tan triste,
aquel penar sincero cuando tú no respondes!
Fotogramas que pasan cual reliquias soñadas,
las luces y las sombras fundidas en el aire.
¿Cómo podría volver a los besos del alba?
Solo el recuerdo llena mientras huye la tarde.