Durmiendo en la posada del último viaje,
agotando el silencio, añorando otros mundos
que transité despacio, ligero de equipaje,
me acosan los fantasmas del averno profundo.
Me despierta el suspiro
de la escarcha del alba,
oigo rugir la fiera
que vive en mis entrañas,
me estremezco de angustia
al oír la campana
cómo toca a rebato
tras la noche encalmada.
Avivo el sentimiento de haber vuelto a la vida,
encarar la mañana abierto a la sorpresa,
cómo el viento transporta la dulce melodía
de los sones del alba que al corazón alegran.
Me pierdo en el camino
de la tarde dorada.
Hace ya tanto tiempo...
Cuando el cuerpo temblaba,
cuando esperar la noche
era pura ambrosía,
nadando en los efluvios
de la dicha escondida.