Pobre patria,
humillada por la avaricia de unos pocos,
por el abuso de un poder
ciego y corrupto,
de aquellos que ignoran lo que es la dignidad,
que se creen inmortales,
dueños de todo,
hasta de las almas que oprimen con mentiras.
¿Qué queda en las calles,
en los ojos vacíos que miran al horizonte
y ven un futuro borroso?
Cuántos bufones de traje,
gobernantes vacíos,
que juegan con las vidas de los hombres
como piezas de ajedrez
en un tablero que no les pertenece.
Esta tierra está rota,
devastada por el dolor,
por la indiferencia
de aquellos que, desde sus tronos,
no sienten el peso del sufrimiento ajeno.
¿Acaso no duele ver a la gente caída,
sin calor, sin esperanza?
¿No les quema la conciencia
el saber que arrastran cuerpos
y espíritus aplastados por su propia codicia?
No cambiará,
no cambiará...
¿O sí?
¿Tal vez aún haya una chispa
que pueda encender un fuego
de justicia en la oscuridad?
¿Cómo excusar las hienas en los estadios
en los andenes
y las de los periódicos,
que se alimentan de la miseria humana,
que celebran la mentira como un festín
y hunden las botas de la impunidad
en el barro de este país herido?
Me avergüenzo de todo esto,
y me duele ver cómo el hombre se convierte
en bestia,
sin más honor que el miedo a perder su trono.
¿Quizás cambiará?
¿Quizás, después de todo,
podemos esperar que el viento del cambio
sople más fuerte?
Que la primavera,
que aún tarda en llegar,
nos recuerde que la vida puede ser otra,
que el cielo puede ser azul
y las flores, al fin, puedan florecer,
libres de opresión.