Hay una grieta en el aire
por donde la luz se olvida de sí misma.
No es una herida,
ni una rendija.
Es apenas un temblor
que se abre sin ruido
como si el tiempo
aprendiera a callar.
Cada día la cruzo
sin tocarla,
sin mirarla.
Pero ella me toca,
me mira.
Tal vez somos la grieta
y no el aire,
lo que se desliza
y no la forma.
Un paso más,
y ya no estaremos aquí.