México mío, costal de eternidades,
te llevo en la médula y en el rezo,
como al amor primero que se persigna
antes de entregarse con desconsuelo.
Amor fue ella, mestiza de luna
y olor a incienso de Corpus Christi;
me daba su aliento como dádiva
y yo le ofrecía mi voz de anacoreta triste.
Muerte fue su beso cuando partió,
una letanía de tierra y sombra,
y su silueta quedó en los vitrales
como santa que el altar no nombra.
Tú, patria, bordas las tres heridas:
la que arde, la que llora, la que calla.
Amor, muerte y tú: mis tres heridas
que van en procesión por mi garganta.