Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.
Alfredo Jiménez G.
9aSi bien pareciera una empresa imposible apoderarse de recuerdos ajenos, “los artificios y el candor del hombre, no tienen fin” (para usar las palabras de Borges). El doctor Broca soñó con la posibilidad de encontrar el secreto para decodificar la información almacenada en las discretas neuronas del cerebro humano y para tal efecto se afanó en coleccionar muchos ejemplares de esta víscera pensante, tanto de brillantes científicos como de asesinos seriales. Tal vez nunca sospechó que su propio cerebro formaría parte de tan macabra colección, que hasta ahora sigue siendo una “biblioteca silenciosa”. En un afán medio anecdótico y didáctico, quien esto escribe se ha visto despiadadamente textual con la idea planteada en la bella “Elegía del recuerdo imposible” de Jorge Luis Borges, pero servirá para declarar que sin necesidad de recurrir a la ciencia, hay modo de acceder a los recuerdos del prójimo. Ese método se llama Literatura. La prosa y la Poesía de Borges tiene justo ese poder, baste un ejemplo: En su “Poema conjetural”, el citado autor aborda la trágica muerte de uno de los próceres de Argentina (por cierto descendiente lejano suyo), el abogado Francisco Narciso de Laprida. El poema está escrito en primera persona, su lectura genera una extraña emoción, asistimos a los últimos minutos en la vida del héroe, cercado por los montoneros de Aldao. Los detalles sin ser abundantes, resultan perturbadores: “el íntimo cuchillo en la garganta” nos obliga a pasar saliva para sentirnos vivos. El punto final de ese poema es un asomo fugaz al secreto de la muerte, pisamos el umbral. Muchos poemas y cuentos del irrepetible Jorge Luis Borges producen ese efecto, nos sentimos en la mente de otro, sea verdadero o ficticio. Así que la elegía del Poeta no es tan fatalista en cuanto a la imposibilidad de poseer esos recuerdos imposibles. Borges sabía muy bien que capaz de atesorar en su memoria esas experiencias de sus ancestros que por elemental derecho le pertenecían. Podía vivirlos y revivirlos según el arbitrio de su voluntal, gracias a la magia de su palabra.
Alfredo Jiménez G.
8aY sin embargo, Borges, todos esos caros recuerdos son tuyos. Habitaron en lugares especiales de tus vivencias, archivados cuidadosamente en sendas carpetas debidamente catalogadas y colocadas en los pasillos de tu mente luminosa. Pasillos dispuestos a modo de laberinto; repletos de libreros como tu Biblioteca de Babel. Nadie podrá decir que jamás los viviste, incluso el de asistir a la muerte reflexiva de Sócrates. "Se confundirán las fechas y de alguna manera será justo afirmar" que nos compartes las memorias de la más extensa y envidiable de las vidas. Poeta, me encanta sentarme a escuchar azorado tus historias verdaderas.