Nunca me explicaron el poder de una escuadra y un cartabón.
Nunca entendí cómo África tenía límites tan perfectos.
Nunca entendí porque Latinoamérica no era una república de sueños.
Jamás comprendí cómo la historia nos robó
la dignidad, la autonomía y la libertad.
Jamás supe de mis raíces ancestrales,
de las mujeres tribales de Macondo y sus señales.
Siempre sentí un latir en mis brazos,
un aleteo de mariposa capaz de despertar
los raudales de la vida, la meliflua realidad antigua,
aquello que nos pertenece desde Las Antillas hasta Ushuaia misma.
Siempre supe que anidaría en mi vientre
la rebeldía de unos ojos almendrados,
de un pueblo que camina y sabe a lucha,
de un recorrido cuesta arriba.
Hoy, que no sé nada, tengo claro de dónde vengo: de la resiliencia de mis abuelas, la fortaleza de mi madre,
de la fiereza de mi hermana,
de la ternura de mi carne,
de la vida de los cerezos.
En flor, me sostengo.
Iveth Encalada