Parábola
Había una vez un joven llamado Miguel que vivía en un pequeño pueblo. Un día, un hombre extranjero llegó al mercado y, sin querer, tropezó con Miguel, haciendo que su canasta de frutas cayera al suelo. Miguel, lleno de ira, sintió que el hombre lo había hecho a propósito. Desde ese momento, el odio nació en su corazón.
Cada vez que veía al extranjero, murmuraba en su contra y lo miraba con desprecio. Su odio creció tanto que dejó de hablar con quienes eran amables con el hombre, creyendo que lo traicionaban.
Un anciano del pueblo, sabio y bondadoso, se acercó a Miguel y le entregó dos semillas.
—Planta esta en tu jardín—le dijo, dándole una semilla dorada—y esta otra—añadió, dándole una semilla oscura—ponla en una maceta aparte.
Miguel obedeció sin comprender. Con los días, la semilla dorada creció en su jardín y dio un hermoso árbol de frutos dulces y sombra fresca. La semilla oscura, en cambio, brotó con espinas y su raíz marchitó la tierra de la maceta hasta secarla por completo.
El anciano volvió y le dijo:
—Así es el odio, Miguel, Lo guardaste en tu corazón y te apartó de los demás, secando tu alma como la tierra de la maceta. Pero el amor, como el árbol dorado, da frutos y sombra para todos.
Miguel entendió su error. Se acercó al extranjero, habló con él y descubrió que el tropiezo había sido solo un accidente. Con el tiempo, el odio desapareció, y en su corazón floreció la paz.
Moraleja: El odio solo marchita el alma de quien lo cultiva, pero el amor da frutos que alimentan el espíritu.
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