Parábola
En una ciudad envuelta en sombras, vivía un vampiro solitario que vagaba por las noches buscando a su amada perdida. Durante siglos, había llorado su ausencia, llamándola en la brisa nocturna y dejando rosas en su tumba marchita. Pero ella nunca volvió.
Una noche, un anciano sabio lo encontró y le dijo:
—Hijo de la noche, has regado con lágrimas un jardín muerto, esperando que florezca. El amor no se ruega, se riega, pero en tierra fértil. ¿Por qué entregas tu vida a quien ya no puede recibirla?
El vampiro, confundido, replicó:
—¿Acaso debo olvidar? ¿No es el amor eterno?
El anciano sonrió y señaló un rosal salvaje que crecía entre las ruinas:
—El amor es eterno, pero empieza en uno mismo. Mira este rosal: nadie lo cuida, pero se nutre de la lluvia y el sol. No busca amor, lo esparce.
El vampiro entendió. Dejó de mendigar amor en un recuerdo y comenzó a cultivarlo en sí mismo. Y así, con el tiempo, aprendió que solo quien se ama a sí mismo puede compartir amor verdadero.
Desde entonces, ya no vagó en pena. Y aunque la noche seguía envolviendo su piel, su alma finalmente conoció la luz.
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