Miguel Peñafiel

LA PARÁBOLA DEL JARDÍN ETERNO

Parábola

En una ciudad envuelta en sombras, vivía un vampiro solitario que vagaba por las noches buscando a su amada perdida. Durante siglos, había llorado su ausencia, llamándola en la brisa nocturna y dejando rosas en su tumba marchita. Pero ella nunca volvió.

Una noche, un anciano sabio lo encontró y le dijo:

—Hijo de la noche, has regado con lágrimas un jardín muerto, esperando que florezca. El amor no se ruega, se riega, pero en tierra fértil. ¿Por qué entregas tu vida a quien ya no puede recibirla?

El vampiro, confundido, replicó:

—¿Acaso debo olvidar? ¿No es el amor eterno?

El anciano sonrió y señaló un rosal salvaje que crecía entre las ruinas:

—El amor es eterno, pero empieza en uno mismo. Mira este rosal: nadie lo cuida, pero se nutre de la lluvia y el sol. No busca amor, lo esparce.

El vampiro entendió. Dejó de mendigar amor en un recuerdo y comenzó a cultivarlo en sí mismo. Y así, con el tiempo, aprendió que solo quien se ama a sí mismo puede compartir amor verdadero.

Desde entonces, ya no vagó en pena. Y aunque la noche seguía envolviendo su piel, su alma finalmente conoció la luz.

Reserva derechos de autor.

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