Horas de confesión y de eterna agonía...
envuelve mi paz en su estancia abrumadora,
está mi corazón ebrio de melodía
en una sombría, tristeza consumidora.
Y eternamente oigo en mis días sin calma
mi llanto que rugiendo: a la muerte invoca,
al gran silencio donde espera mi alma
esperando de la parca los besos de su boca.
¿Y la luz verdadera?... ¿Y la absoluta paz?
¿y de toda fuente de la sabiduría?...
donde no existe el tiempo, y allí entrarás
al gran señor donde retornaremos un día.
Y mi alma, que creía que nadie la asecha
al emprender sus locas y dulces travesías,
hoy ve, como un sembrador aislado en su cosecha
podrirse lentamente los frutos de sus días.