Cuando uno muere, en la tumba se queda encerrada el alma, hasta el día que en la losa rueda de amor una lágrima. El sol el llanto evapora,
Por fin corazón, por fin alienta con la esperanza, que entre nubes de carmín, del horizonte la confín, ya la tierra a ver se alcanza.
#BenítezGautierJosé
Hermosísima sultana de los jardines de Hiram, sonrisa de la mañana, por mirarte a la ventana diera su reino un sultán;
Cuando no reste ya ni un solo grano de mi existencia en el reloj de arena, al conducir mi gélido cadáver, no olvidéis esta súplica postrera: no lo encerréis en los angostos nichos
Hermosísima Cacica de los montes tropicales, la de la negra melena, la de los ojos muy grandes; tres lunas ha que te busco
Sol espléndido y radiante en la ancha esfera sujeto; no te pregunto el secreto de tu esplendor rutilante. Ni por qué, nube distante
Mientras errante por extraño suelo me acuerde de mi patria; mientras el santo amor de la familia guarde mi alma; mientras tenga mi mente inspiraciones,
Soñé que la mujer a quien adoro con infame perjurio me engañaba y a otro amante feliz, le abandonaba de su amor el bellísimo tesoro. Soñé que apasionado, que sonoro
En gótica estrecha torre que el agua del Tajo baña, y que un peñasco domina, como lúgubre fantasma que en triste noche de insomnio
Hay en los campos de mi hermosa antilla en el suelo feliz donde he nacido como un error de la natura, un bello arbusto que se llama el manzanillo. Tiene el verde color de la esmeralda
Del mar de la vida las ondas en calma cobra la luna con rayo fugaz, y en el horizonte, cortando su curva, descubre una nave, ¿quién sabe do va? Y avanza y avanza cruzando las olas
Puerto Rico, patria mía, la de los blancos almenares, la de los verdes palmares, la de la extensa bahía: ¡Qué hermosa estás en las brumas
Ella tiene la gracia seductora que a mí me enloqueció. Ella tiene, en los ojos, del lucero la limpia irradiación. Ella tiene un hoyuelo en la mejilla
La aurora lucia tranquila en Oriente, la luz inundaba los montes y valles, las flores abrían los pétalos leves y a Dios saludaban trinando las aves. Solté mi barquilla, y al centro del río
Cuando no quede ya ni un solo grano de mi existencia en el reló de arena, al conducir mi gélido cadáver, ¡oh!, recordad mi súplica postrera: “No lo encerréis en los angostos nichos